La foto con el cartel
Historias

La foto con el cartel

20 de junio de 2026

Mi papá lleva más de 50 años recorriendo parques nacionales de Chile. Nosotros solo éramos parte de una de sus etapas.

No sé exactamente cuándo empezó todo, pero si cierro los ojos y pienso en mi infancia, lo primero que aparece es eso: ir apretada en el auto, Cat Stevens sonando, comiendo pan de molde con palta y salame, camino a algún lugar que nadie sabía bien dónde quedaba ni cómo llegar.

Mi papá lleva más de 50 años recorriendo parques y reservas nacionales por todo Chile. Nosotros solo éramos parte de una de sus etapas.

La dinámica era siempre la misma. Mi papá encontraba el lugar, le avisaba a mi mamá, y mi mamá se hacía cargo de todo lo demás. Él se subía al auto y manejaba. Lo recuerdo con los ojos entrecerrados, y mi mamá mirándolo con cara de rabia esperando que le pasara el volante.

No había Google Maps ni Waze. No había nada que nos ayudara a llegar a los lugares que mi papá quería ir.

Teníamos la Turistel y la suerte de que alguien en el camino supiera explicar bien. Por eso a veces nos demorábamos diez horas en llegar a un lugar que queda a tres. Por eso pinchamos ruedas en medio de la nada. Por eso nos perdimos más de una vez, con cinco hijos adentro del auto y mi mamá haciendo malabares.

Pero llegábamos siempre. Y cuando llegábamos, mi papá quería una sola cosa: la foto con el cartel de la CONAF. Bueno, primero la foto. Después el parque. A veces lograba que todos nos bajáramos. A veces solo la mitad. Otras veces terminaba solo él, sonriendo frente al letrero, mientras el resto seguía en el auto.

No lo entendíamos. Éramos chicos, teníamos otras urgencias.


Hoy tengo 31 años y lo entiendo todo.

Mi papá no estaba coleccionando fotos. Estaba construyendo algo mucho más grande. Una historia. La nuestra.

Que quedó impresa en las paredes de su casa en decenas de fotografías, desde Arica hasta Magallanes. No es una decoración — es el mapa de su vida.

Y él sigue. Con 70 años, sigue. Es capaz de manejar 1.500 kilómetros para llegar al pueblo más escondido del país. Pasa horas en su iPad investigando rutas, llama a amigos, a familiares, a quien quiera venir. Mi hermano Alfonso es su compañero de siempre.

No sé si llamarle hobby a algo así. Se queda corto.


Lo que sé es que sin darme cuenta, me lo enseñó a mí también.