La foto con el cartel
Historias

La foto con el cartel

20 de junio de 2026

Antes de que existiera Ruta y Lente, ya existía esta forma familiar de mirar los caminos.

En mi familia, las vacaciones nunca fueron para descansar.

Eran para ir apretados en el auto, con Cat Stevens sonando, pan de molde con palta y salame, camino a algún lugar que nadie sabía bien dónde quedaba ni cómo llegar.

Mi papá lleva más de 30 años recorriendo parques nacionales de Chile. Nosotros solo éramos parte de una de sus etapas.

La dinámica nunca cambiaba. Mi papá encontraba el lugar, se lo avisaba a mi mamá, y ahí terminaba su parte de la logística. El resto, comida, ropa, remedios, la paciencia infinita que requiere meter a seis niños en un auto por muchas horas, corría por cuenta de ella.

No había Google Maps ni Waze. No había nada que nos ayudara a llegar a los lugares que mi papá quería ir.

Teníamos la Turistel y la suerte de que alguien en el camino supiera explicar bien. Por eso nos demorábamos diez horas en llegar a un lugar que quedaba a tres. Por eso pinchamos rueda en medio de la nada, más de una vez. Por eso nos perdimos, y nos volvimos a perder, con mi mamá resolviendo todo desde el asiento del copiloto y seis cabezas preguntando cuánto falta.

Pero llegábamos. Siempre llegábamos.

Y cuando llegábamos, mi papá quería una sola cosa antes que cualquier otra: la foto con el cartel de la CONAF. Primero la foto. Después, si alcanzaba el ánimo colectivo, el parque. A veces nos bajábamos todos. A veces la mitad. Otras veces se bajaba solo él y ahí quedaba, mirando a la cámara frente al letrero de madera, mientras el resto de nosotros seguía peleando adentro del auto por quién se sentaba dónde.


Hoy tengo 31 años y lo entiendo todo.

Mi papá no estaba coleccionando fotos frente a carteles. Estaba construyendo algo mucho más grande, sin decírselo a nadie, ni quizás a sí mismo. Una historia familiar. La nuestra.

Esa historia está hoy pegada en las paredes de su casa: fotos de Arica a Punta Arenas. No es decoración. Es el mapa completo de su vida, colgado donde cualquiera lo puede ver.

Y él sigue. Con 70 años, sigue. Es capaz de manejar 1.500 kilómetros para llegar al pueblo más escondido del país. Pasa horas en su iPad investigando rutas, llama a amigos, a familiares, a quien quiera venir. Mi hermano Alfonso es su compañero de siempre.

No sé si a esto se le puede seguir llamando hobby. La palabra le queda chica. Un hobby se deja cuando se pone difícil. Esto lleva a más de treinta años sobreviviendo a pinchazos, caminos que nadie sabía adónde llevaban y seis hijos peleando por quién se bajaba primero.


Lo que sé es que ahora yo también freno el auto por un cartel de madera.